jueves, 13 de junio de 2013

Hannah Arendt (2012), M. von Trotta. La banalidad del mal. La banalidad del bien

Ya podemos ver la película Hannah Arendt (2012). Muy recomendable para reflexionar sobre:

1. La banalidad del mal (y la banalidad del bien)
2. La filosofía contemporánea (Heidegger, Jonas, Arendt)
 3. Las interpretaciones del Holocausto
 4. La moral, la responsabilidad y la autonomía
 5. Filosofía y vida cotidiana



Sinopsis de la película:

Hannah Arendt, filósofa, pensadora y periodista, judía y exiliada en los Estados Unidos, es enviada a Jerusalén por The New Yorker a cubrir el jucio del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, quien es juzgado y condenado a muerte. Durante cuatro años trabaja, marcada por la controversia, escribiendo un libro titulado “Informe sobre la banalización del mal” el cual provoca inmediatamente un escándalo internacional.




LA BANALIDAD DEL BIEN  
           
Tomás Domingo Moratalla
“La banalidad del bien. De los derechos humanos a la responsabilidad”, en GRACIANO GONZÁLEZ ARNAIZ (ed.), Derechos humanos. Nuevos espacios de representación, Escolar y Mayo, Madrid, 2012, pp. 115-138.

“ (…) Autonomía, responsabilidad, banalidad del mal… ¿se puede hablar, y en qué sentido, de una banalidad del bien? (…)
La cuestión que planteo es si al igual que hablamos de una presencia “fácil”, banal, del mal, no podríamos hablar también de una presencia similar del bien. ¿No hay también actos buenos, heroicos, “ordinariamente” en el hombre “ordinario”?
               Decía Ricoeur que una de las tareas de la ética, quizás más de la religión, o de la humanidad en su conjunto, es “liberar el fondo de bondad del ser humano”. Pero esa liberación, ese fondo, aparece, a veces, cuando menos lo esperamos. Se dieron actos buenos junto a las atrocidades de Eichmann; en muchos sitios ayudaron a judíos, de miles de maneras. Y preguntados posteriormente estos “héroes morales” decían sencillamente que habían hecho lo que cualquier otra persona en su situación haría; no se veían a sí mismos como hombres extraordinarios, sino, muy al contrario, ordinarios. Ciertamente hay maldad, hay violencia y destrucción, pero también hay bondad, hay “signos de bondad”. Quizás contra cierta tradición de culpabilización, de negatividad, habría que intentar posibilitar y hacer aparecerla bondad. Es difícil, pues el pensamiento negativo es más cómodo y casi, me atrevería a decir, “políticamente correcto”. Afirmaciones como las que responden al paradigma egoísta, que dicen que lo único que nos mueve es nuestro propio interés, o que las conductas altruistas son espejismos, etc., no dejan de ser puros prejuicios simplificadores. Frente a estas teorías motivacionales reduccionistas, y poco científicas (no estaría demás que muchos defensores del dogmatismo motivacional egoísta recordaran la crítica de Popper a la teoría egoísta como ejemplificación de teoría inmunizada contra la falsación), convendría desarrollar una teoría motivacional plural, que partiera y diera cuenta tanto del bien como del mal. Adam Smith, que algunos encajan sin fisuras en el paradigma de un único interés en el ser humano (el interés propio, interés por sí mismo), habla de un interés por el cuidado de los otros tan originario como el interés egoísta.
Ricoeur, en lenguaje kantiano, habla de una propensión al mal (mal radical, banalidad del mal…) y de una disposición al bien; salir del mal radical (hay acciones “símbolo” de ello) es descubrir el fondo de bondad que no ha podido ser completamente borrado por ese mal. Ni es utopismo, ni angelismo, sino caer en la cuenta de la complejidad motivacional del ser humano. (…) (pp. 129-130)

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